Vivimos una vida rápida, ligera tanto de contenido como de continente. Tenemos a nuestro alcance más información que nunca, pero posiblemente estemos más desinformados que nunca.

Se abren hoteles donde los “robots” hacen las veces de recepcionistas; vemos como las redes sociales son más comerciales que sociales, valga la redundancia. Nos alarma un “no like”, un mensaje de WhatsApp no contestado, pero sí leído. Nos importan cosas que realmente no son importantes…

Nuestros jóvenes no toleran la incertidumbre; están acostumbrados a un nivel de “prontitud”, de golpe de “click”, de inmediatez, en definitiva, que les hace no estar concienciados para afrontar un no por respuesta. No toleran el fracaso, no están preparados para ello.

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